viernes, 7 de diciembre de 2007

DE RONQUIDOS Y SINFONIAS NOCTURNAS

Creo que antes de dejar aquí otro artículo debería pedir disculpas a mis lectores, suponiendo que aún me quede alguno, que después de este parón de tanto tiempo sin aparecer ni decir “esta boca es mía” pues bien me tendría merecido que ahora no se dignara entrar nadie a leerme.

Bueno, estimados lectores, ¿hay alguien por ahí…? En fin, diversas causas y motivos personales me han impedido seguir escribiendo esta temporada. Como son asuntos tristes no voy a contarles nada, que ustedes bastante tendrán con sus propias penas, problemas, tristezas, etc, para que ahora venga yo a hablarles de las mías.

Así que, corramos un tupido velo y entremos en materia. Y ahora, me preguntó yo, ¿de qué les hablo?

Aysss, que llevo un rato pensando… Claro, esto me pasa por la falta de costumbre, que estoy casi tan nerviosa como si fuera lo primero que les escribo. Me siento como las novias de ahora el día de la boda, más bien la noche de bodas, que después de vivir varios años con su novio, de repente deciden casarse y esa noche están temblorosas como flanes. ¿Ustedes lo entienden? Yo no, la verdad, eso es lógico al principio de la convivencia, cuando todo es novedad, pero una vez “roto el hielo” y cuando ya estás acostumbrada a despertarte al lado de alguien, incluso a aguantarle sus ronquidos, que de vez en cuando, pues, todos montamos nuestra sinfonía nocturna; (ahora seguro que hay alguien por ahí que dice: ¡Yo no ronco!) Pues me parece muy bien, oiga, suerte que tiene su “costilla” pero de todas formas eso tendría que ratificármelo su compañero o compañera de cama porque nadie se oye roncar, es decir, uno puede roncar ferozmente y no saberlo. Y además, ¿se han fijado ustedes? Todos tenemos tendencia a decir que no roncamos, siempre que sale el tema, en una reunión de amigos o similar, lo más frecuente es que cuando alguien le dice a su pareja que “tu roncas, cariño” (así por decirlo suavemente) la otra persona le contesta como ofendido: “Yo no ronco, cariño, la que roncas eres tú”. Vamos, que ahí y a lo tonto se puede montar un pollo, y todo por unos ronquidos de nada.

Bueno, seamos sinceros, molestar, molestan; fastidian, y mucho, sobre todo cuando una no puede “pegar ojo” y está en un sinvivir, mejor dicho en un “sindormir” y tiene al vecino de colchón disfrutando como un loco de un sueño reparador, si además ronca, ya es un incordio total y si además de eso hace ruiditos de placer o suspira, pues una se mosquea ya, hasta límites insufribles, y piensa que encima de no poder dormir y tener que estar aguantando los “ruidos” del otro y contemplar su placidez, para colmo intuyes que está teniendo unos sueños de lo más “sugerentes y placenteros”, pues eso ya es el remate final para terminar de jod… Entonces solo quedan tres opciones: O te mueves, te retuerces y haces todo tipo de filigranas hasta que se despierta, (esto es una faena, ya lo sé, pero es que hay que vivirlo y sufrirlo para entenderlo y para disculparlo). Una segunda opción es levantarte en silencio, irte al salón a ver la tele, a tomar un vasito de leche, etc, más que nada para relajarte un poco. Y otra tercera opción es escuchar atentamente por si se le escapara alguna palabra, algún nombre o algo así, para saber qué es lo que se “cuece” en su cabeza en esos momentos.

¡Mmm… Ven ustedes!, ya me he desviado del tema y me he ido por otros derroteros. Les hablaba yo de que no entiendo porqué se ponen nerviosos los novios hoy en día, en mi época sí, porque entonces no se llevaba eso de vivir juntos y una se casaba con un montón de interrogantes e incógnitas chispeándole por dentro, entre otras cosas la falta de experiencias en todos los sentidos, ¿cómo no nos íbamos a poner nerviosas? Recuerdo el caso de una amiga mía que se casó tan casta y pura que luego le resultó el marido impotente, pobrecita, el calvario que tuvo que pasar hasta que le anularon el matrimonio por no consumación, después se volvió a casar, y afortunadamente es muy feliz, pero esta vez ya se aseguró antes de ir al altar de que “la cosa” funcionara bien y sin problemas, por si acaso el príncipe azul le volvía a salir rana, claro que hoy día con lo que va por el mundo nada ni nadie está garantizado y tu príncipe, por muy hombre que sea, se te puede volver rana en cualquier momento, si se le cruzan “las neuronas”, por ejemplo.

Mejor es, pues, tocar madera y pensar que esas cosas sólo les pasan a los demás, ¿verdad? Bueno, ya ven ustedes al final he terminado hablándoles de ronquidos y demás sinfonías nocturnas, y es que hay noches en las que una se dice a sí misma aquello de: ¡Ay, señor… Lo que hay que oír…!

Emma Rosa

3 comentarios:

Lola Bertrand dijo...

Pos ya ves que sí, que hay gente que te espera con los brazos abiertos...
Por cierto : yo no ronco, aunque mi "santo" se empeñe en decir que sí...
Bienvenida al mundo de las letras ... y aprovecha para hacer un recorrido por mis "casitas de madera" (blogs)
Abrazos de mar.
lola

Alena.collar dijo...

Hija de mi vida...abandonaditos nos tenías a tus fieles lectores, que los tienes.
Ya estaba yo con el "mono" de no leer tus "crónicas" de la vida cotidiana: porque eso es lo que haces tú, Emma, y lo haces muy bien, quiero que lo sepas. Esa naturalidad para contar las cosas de todos los días me hace volver siempre para leerte.
Me alegra muchísimo poder volver a hacerlo.

Virginia dijo...

Bueno, menos mal que estás aqui otra vez, eso es buena señal, pues si las sinfonías nocturnas pueden ser molestas y en todo caso deberían ser alternativas para ser equitativos; así todo queda repartido, yo de momento duermo a pierna suelta y me entero de poco, espero seguir así. Un abrazo. Virginia